Es así como uno se va transformando de a poco en estación de pasajeros terribles, insertos en sus miedos, congelados al leer una y otra vez sus fracasos -los barcos unidos de sus relaciones sentimentales-, de esos que se tragan sus palabras y cuando el dinero les alcanza vuelan en las plazas de la metrópoli.
Es así como uno se va convirtiendo lentamente en fumador caminante, fundador de colonias en las nubes de verano a las seis con cuarenta y seis minutos, dibujante con tinta invisible en las paredes del sur de la ciudad, otoñal atravesador de pasarelas, mirador del mar de autos en Vespucio, contador de palomas en los cables.
Es así como uno más temprano que tarde va mutando en un ser melancólico y pensativo, escritor de buenas nuevas con olor a muerte, orador de palabras que saben a tierra, alcohólico rimador imbatible, navegante de barcos de papel en los ríos de las miradas de unas quinceañeras, redactor de cartas post mortem anunciando que al final de los caminos solo hay abismo.

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